En los días de apagones he descubierto la naturaleza del querer: nos volvemos salvajes e instintivos, egoístas con lo que sentimos en la lejanía que provoca el aislamiento. Quién diría que nos volveríamos menos queridos entre tanto ruido de plantas a gasoil, que ensordecen el cantar de las aves.
Me recuerda a aquel tiempo de noches de calor, cielo
estrellado, colchonetas en el suelo y el corazón roto; a la rápida definición
que conocíamos de pobreza, tanto económica como emocional. Ese deseo de
sentirnos necesitados mientras dormíamos entre migajas en el piso, tan frío que
reconfortaba por momentos, mientras el destello del teléfono —que reemplazaba a
la linterna— agotaba su batería... tanto como lo estábamos nosotros.
Hemos vivido tantas etapas de la soledad, que ya no sabemos
en cuál llorábamos de verdad o si tal vez llorábamos por capricho de la misma
vida.
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